Peregrinando

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Tratado sobre el Purgatorio, de Santa Catalina de Siena (extractos)

Comienza diciendo la Santa que fue colocada aún en vida terrena
en la purificación del Purgatorio.

Explica en qué consisten el dolor y la felicidad del Purgatorio,
y cómo no puede haber una cosa sin la otra
en ese estado de purificación, regalo de la Misericordia de Dios.



NOTA:
Es un gran consuelo saber que el sufrimiento inmenso en el Purgatorio va unido a la felicidad de saberse el alma salvada y en búsqueda de la Visión Beatífica.  Pero ese consuelo no debe impedir que tratemos de llegar directamente a nuestra verdadera meta que es el Cielo, en el que verán a Dios todos los que estén ya bien purificados.

"Bienaventurados los limpios de corazón...porque ellos verán a Dios" (Mt. 5, 8).


Esta alma consagrada se encontró a sí misma, estando aún encarnada, colocada por el ardiente amor de Dios, en el Purgatorio, que la quemaba, limpiando en ella todo lo que necesitaba ser limpiado, hasta que al dejar esta vida pudiera ella presentarse a la vista de Dios, su amado Amor.

Por medio de este fuego amoroso, ella comprendió en su propia alma el estado de las almas de los fieles que van al Purgatorio al purgar su suciedad y manchas de pecado, que no pudieron expiar durante sus vidas.

Creo que ninguna felicidad puede hallarse valiosa al ser comparada con ese estado de las almas del Purgatorio, exceptuando el de los santos en el Paraíso; y es una felicidad que crece día tras día al fluir Dios dentro de esas almas, más y más, a medida que se consumen los obstáculos puestos a Su entrada. Las manchas de pecado van siendo consumidas, y el fuego elimina la suciedad más y más hasta que las almas se abren al influjo de la Divinidad.

Esta es la forma en que las manchas del pecado cubren a las almas, y en el Purgatorio esas manchas son quemadas. Cuanto más sean consumidas, mayor es el acercamiento de las almas a Dios, su verdadero sol. La suciedad del pecado decrece y el alma se abre al rayo divino, crece así la felicidad, hasta que se cumple el plazo necesario para ello.

El dolor no disminuye hasta entonces. Y en cuanto a la voluntad, nunca pueden decir las almas que el dolor es dolor, pues están contenidas en la ordenanza divina, con la cual, en pura caridad, su voluntad está unida.

Pero, por otro lado, ellas soportan un dolor tan extremo, que ninguna lengua lo podría describir, ni mente comprender si Dios por medio de su gracia especial no nos lo mostrara. Eso tampoco puede verbalizarse.

La separación de Dios es el principal castigo del Purgatorio. Pero éste es diferente del Infierno.

Cuando un alma se acerca al estado puro y claro en que fue creada, su instinto beatífico se descubre a sí mismo y crece sin cesar, tan impetuosamente hasta el final que cualquier obstáculo le parece a esta alma algo del pasado. Y cuanto más ve, más extremo es su dolor.

Debido a que las almas en el Purgatorio no sienten culpa de pecado, no hay obstáculo entre ellas y Dios, excepto su dolor, que las lleva hacia atrás y así no pueden alcanzar la perfección. Ven claramente la gravedad de cada obstáculo en su camino, y ven también que su instinto es obstaculizado por una necesidad de justicia: de ahí nace un rugiente fuego, como el del infierno, pero carente de culpabilidad.

Las almas del Purgatorio sólo soportan el dolor, no ya la culpa, por haberse arrepentido de los pecados en el momento de la muerte, y de sus ofensas a la bondad divina.

Por lo tanto, su dolor es finito, y su tiempo se va acortando, como ha sido dicho.

El Purgatorio, allí va el alma al separarse del cuerpo, cuando ya no está limpia como ha sido creada. Viendo por sí misma este impedimento, sólo por medio del Purgatorio puede limpiarse, y ella se ubica allí voluntariamente. No hay una orden que así haga que suceda, y lo haría, aunque en ese momento hubiera para ella un Infierno peor que el Purgatorio, porque ve que a causa de tal impedimento, no puede acercarse a Dios, que es su objetivo. Y tanto le importa ello, que en comparación el Purgatorio no cuenta en absoluto, aunque sea como el Infierno, comparado con conseguir a Dios, ello aparece como casi nada.

Mas yo, aunque veo que hay un Purgatorio tan penoso como el Infierno, veo también que el alma con la menor mancha de pecado acepta el Purgatorio, como he dicho, como una merced y aún le parece poco comparado con el impedimento que implica.

Me parece que el dolor de las almas en el Purgatorio por haber disgustado a Dios, esto es, lo que ellas voluntariamente hicieron contra Su gran bondad, es mayor que cualquier pena que puedan sentir en el Purgatorio, y por ello que ven, por su gracia, la verdad y la gravedad de los obstáculos que les impide acercarse más a Dios.

Pero el alma, obstruida por el pecado, no puede ir más que hasta donde Dios la lleva hacia Sí Mismo. Nuevamente, el alma se da cuenta de que no puede trasponer, o avanzar hacia esa luz unitiva todo lo que quisiera, y clama por ser destrabada.

Yo digo que es la visión de estas cosas lo que logra en las almas el dolor que sienten en el Purgatorio, y es imposible describirlo, es el más grande, y ya no pueden volver a verse a sí mismas yendo contra la voluntad de Dios, cuyo amor por ellas ven tan claramente dentro de este fuego.

Hay tantas imperfecciones escondidas en el alma que, si pudiéramos verlas, viviríamos en la desesperación. Pero en el estado al que me he referido, todas esas imperfecciones son eliminadas, y sólo entonces Dios se muestra, y les enseña el funcionamiento de esto para que vean cómo el fuego del amor, por bondad divina, está quemando, eliminando todas las imperfecciones.

Es cierto que el amor por Dios llena el alma hasta rebasar y le da, así lo veo, una felicidad indescriptible, felicidad que va junto con el dolor en el Purgatorio.

Para que las almas en el Purgatorio disfruten la mayor felicidad en el Purgatorio debe haber también un gran dolor, uno no va sin el otro.

Las almas en el purgatorio ya no están en condiciones de hacer méritos.

Si las almas en el Purgatorio pudieran purgarse a sí mismas por medio de la contrición, pagarían toda su deuda en un instante de tal vehemencia que quemarían todo lo que las separa de Dios.
Pero nada les será ahorrado ni abreviado, en lo que hace a ellas mismas, pues eso ha sido determinado por la justicia de Dios.

Y si alguna caridad es hecha por aquéllos que están en el mundo, para disminuir su tiempo de dolor, las almas no pueden cambiar las cosas, pues está la balanza de la justicia divina; dejan todo en manos de Dios y su infinita Bondad.

Tal es la intimidad con Dios en el Purgatorio, y tan cambiadas están las almas, tornadas hacia Su Voluntad, que en todas las cosas hay sumisión a la orden divina. Aún cuando un alma fuera traída ante Dios cuando todavía algo aunque sea nimio le falta purgar, se le haría un gran daño; venir manchada a la presencia de Dios sería un sufrimiento mayor que diez Purgatorios. Ver a Dios cuando el tiempo aún no ha llegado, aunque sea por un período tan corto como un pestañeo, sería intolerable para esa alma. Se echaría ella misma a miles de infiernos, para quitar esa pequeña suciedad que no ha sido eliminada, antes que permanecer así en la presencia divina.

Ellas se ven sufriendo dolor de buena gana, y cuando consideran sus propios desiertos y reconocen cómo han afligido a Dios, les parece que Él les ha tenido una gran misericordia, porque si Su bondad no hubiera templado la justicia con la misericordia, satisfaciendo la misma con la preciosa sangre de Jesucristo, un pecado merecería mil infiernos perpetuos. Y por consiguiente las almas sufren el dolor de buena gana, y no lo dejarían por nada, sabiendo que ellas lo merecen totalmente y que esto ha sido bien ordenado, y no se quejan de Dios, sino aceptan su voluntad.

Esta forma de purgación que yo veo en las almas en el Purgatorio, las siento en mi propia mente. En los últimos dos años he sentido la mayoría; todos los días las veo y siento más claramente. Veo mi alma dentro de este cuerpo como en un purgatorio, formada como es el verdadero Purgatorio, pero tan medido que el cuerpo puede soportarlo y no puede morirse.

Todas estas cosas de las que he hablado son lo que yo veo, pero no puedo encontrar las palabras para decir tanto cuanto podría del tema. Ni yo puedo decir exactamente lo que he contado del trabajo hecho en mí debidamente, qué he sentido espiritualmente. Sin embargo lo he contado.

Finalmente y como conclusión, debemos entender que Dios es mejor y más grande causa que todo lo que el hombre ha de perder, y que el Purgatorio lo que hace es limpiarnos.

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Queridos amigos de "PEREGRINANDO", quiero presentarles estas pequeñas REFLEXIONES, de un hermano-amigo, JORGE RUBEN MORA. Coordinador en la Parroquia "Nuestra Señora del Perpetuo Socorro", de la Pastoral de Retiros. En la querida ciudad de Charata (Chaco).
Con mucha calidez y con chispas de humor, nos invita a considerar Temas que hacen a nuestra vida cristiana.
Se las comparto, con mucha alegría".
Sergio.